Pareados

viernes, 30 de diciembre de 2011

El tornillo de oro


Érase una vez un niño que nació en una pequeña aldea. Era perfecto, o eso creía su madre. Pero el niño poseía una peculiaridad: tenía un tornillo de oro en el ombligo del que solo asomaba la cabeza.
»Su madre se alegró mucho de que el niño tuviera todos los dedos de las manos y de los pies. Pero cuando creció, el niño se dio cuenta de que no todo el mundo tenía tornillos en el ombligo, y mucho menos de oro. Preguntó a su madre para qué servía, pero ella no lo sabía. Luego se lo preguntó a su padre, pero su padre no lo sabía. Se lo preguntó a sus abuelos, pero ellos tampoco lo sabían.
»El niño se resignó, pero al cabo de un tiempo volvió a inquietarle aquel misterio. Al final, cuando fue lo bastante mayor, preparó su hatillo y se marchó de la aldea, con la esperanza de encontrar a alguien que supiera darle una respuesta.



»Fue de un lugar a otro preguntando a todos los que aseguraran saber algo sobre cualquier cosa. Preguntó a comadronas y fisiólogos, pero no tenían ni idea. El chico preguntó a arcanistas, caldereros y ancianos ermitaños que vivían en el bosque, pero nadie había visto nunca nada parecido.
»Fue a preguntar a los mercaderes ceáldimos, pensando que nadie entendía de oro tanto como ellos. Pero los mercaderes ceáldimos no lo sabían. Fue a preguntar a los arcanistas de la Universidad, pensando que nadie entendía de tornillos y su funcionamiento tanto como ellos. Pero los arcanistas no po sabían. El chico siguió por el camino hasta la sierra de Borrasca y fue a preguntar a las hechiceras del Tahl, pero ninguna supo darle una respuesta.
»Fue a ver al rey de Vint, el rey más rico del mundo. Pero el rey no lo sabía. Fue a ver al emperador de Atur, pero el emperador, pese a todo su poder, no lo sabía. Fue a ver a cada uno de los Pequeños Reinos, uno por uno, pero nadie supo darle ninguna explicación.
»Por último el chico fue a ver al gran rey de Modeg, el más sabio de todos los reyes del mundo. El gran rey examinó minuciosamente la cabeza del tornillo de oro que asomaba del ombligo del chico. Entonces el gran rey hizo una seña y su senescal le llevó una almohada de seda dorada. Sobre esa almohada había una c
aja de oro. El gran rey cogió una llave de oro que llevaba colgada al cuello, abrió la caja y dentro había un destornillador de oro.
»El gran rey cogió el destornillador y pidió al chico que se acercara. Temblando de emoción, el chico obedeció. Entonces el gran rey cogió el destornillador de oro y se lo puso al chico en el ombligo.
»Entonces el gran rey hizo girar con cuidado el tornillo de oro. Una vez: nada. Dos veces: nada. Cuando le dió la tercera vuelta, al chico se le cayó el trasero.

El temor de un hombre sabio (Patrick Rothfuss)

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